COMENTARIO
El Señor es también quien deja a su suerte —«condena» (v. 22)— a los malhechores (vv. 17.22). El v. 23, compuesto fuera de la sucesión alfabética, pero iniciado con la letra «p», lo mismo que sucedía en Sal 25,22, es como una síntesis de la enseñanza del salmista. Esto se pone de relieve aún más si se piensa que la letra «p» es la última de la raíz verbal «alp» que significa enseñar.
La mayor sabiduría está, por tanto, en acudir siempre al Señor. El salmo es así una oración confiada a Dios: «El Señor está cerca. Nada os preocupe: el Señor está siempre cerca de los que lo invocan sinceramente, es decir, de los que acuden a Él con fe recta, esperanza firme y caridad perfecta; Él sabe, en efecto, lo que vosotros necesitáis ya antes de que se lo pidáis; Él está siempre dispuesto a venir en ayuda de las necesidades de quienes lo sirven fielmente. Por ello, no debemos preocuparnos desmesuradamente ante los males que pudieran sobrevenirnos, pues sabemos que Dios, nuestro defensor, no está lejos de nosotros, según aquello que se dice en el salmo: El Señor está cerca de los contritos de corazón, salva a los de espíritu abatido. Muchas son las aflicciones del justo, pero el Señor lo libra de todas. Si nosotros procuramos observar lo que Él nos manda, Él no tardará en darnos lo que prometió» (S. Ambrosio, Commentarius in Philippenses 4).