COMENTARIO
La afirmación del salmo anterior, que el Señor escucha el clamor del justo y está contra los malhechores (cfr Sal 34,16-17), es el fundamento para que el justo eleve a Dios su súplica al verse acosado por sus enemigos. Es lo que se hace en este salmo con el que se inicia un grupo enmarcado por la petición de que los adversarios del salmista sean «avergonzados y confundidos» (Sal 35,26; 40,15-16). En esta serie con la que termina la parte primera del libro quedan recogidos unos salmos que manifiestan especialmente la saña y maldad de los enemigos (Sal 35-37), seguidos de otros en los que el salmista utiliza la expresión: «Yo dije», o una similar, para dar fuerza a la exposición de sus sentimientos (Sal 38-41, cfr nota a Sal 41). En Sal 35 es como si el salmista hubiera seguido la enseñanza de Sal 34,15: obrar el bien y buscar la paz (Sal 35,12-14.20); pero a pesar de ello siente que sigue siendo atribulado incluso por aquellos a los que hizo el bien.
El salmista comienza con una petición de justicia dirigida al Señor (vv. 1-3) y después va desarrollando su oración: primero expone la persecución que sufre por parte de sus enemigos y cómo él confía en el Señor (vv. 4-10); y relata que él en cambio se preocupaba y rezaba por ellos cuando estaban enfermos, mientras que ellos se alegraban de sus desgracias y le acosaban (vv. 11-16). A continuación eleva su súplica para que el Señor intervenga ya (vv. 17-28). En esta súplica alterna la petición de que el Señor actúe en su favor (vv. 17-18.22-24.27) y la de que los enemigos no triunfen (vv. 19-21.25-26), con la promesa de alabarle y darle gracias (vv. 18.28). En el conjunto del salmo puede verse un movimiento que va de la súplica (vv. 1-8) a la expresión de confianza (vv. 9-10), y de la lamentación (vv. 11-16) a la súplica (vv. 17-28).
Este salmo lo vemos cumplido de forma eminente en nuestro Señor Jesucristo. Él «pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo» (Hch 10,38) y, llevado de su amor, lloró sobre Jerusalén (cfr Lc 19,41-42). Sin embargo contra Él se levantaron falsos testigos (cfr Mt 26,59-61) y fue objeto del odio de las autoridades judías: «Si no hubiera hecho ante ellos las obras que ningún otro hizo, no tendrían pecado; sin embargo, ahora las han visto y me han odiado a mí, y también a mi Padre. Pero tenía que cumplirse la palabra que estaba escrita en su Ley: Me odiaron sin motivo» (Jn 15,24-25; Sal 35,19; 69,5). Esta consideración la expuso con fuerza San Josemaría en su meditación del Via Crucis: «Vino a salvar al mundo, y los suyos le han negado ante Pilatos. Nos enseñó el camino del bien, y lo arrastran por la vía del Calvario. Ha dado ejemplo en todo, y prefieren a un ladrón homicida. Nació para perdonar, y —sin motivo— le condenan al suplicio. Llegó por senderos de paz, y le declaran la guerra. Era la Luz, y lo entregan en poder de las tinieblas. Traía Amor, y le pagan con odio. Vino para ser Rey, le coronan de espinas. Se hizo siervo para liberarnos del pecado, y le clavan en la Cruz. Tomó carne para darnos la Vida, y nosotros le recompensamos con la muerte» (Via Crucis, 13,1).