COMENTARIO
La afirmación del salmo anterior —que el justo gozará de gran paz (cfr Sal 37,11)— se complementa en éste, en el que un hombre atribulado por la desgracia (Sal 38,4.9) reconoce su falta de justicia, su pecado. El salmista no se engaña a sí mismo, como hacen los impíos que no reconocen su culpa ni la detestan (cfr Sal 36,3), sino que confiesa ante Dios su pecado (Sal 38,5.19), y eleva una oración penitencial, como lo hacía por sus enemigos cuando caían enfermos (cfr Sal 35,13). El salmo 38 hace así avanzar la oración respecto a los anteriores, invitando a pedir perdón a Dios, como lo hacían los salmos 6 y 32 —asimismo penitenciales— en sus respectivos contextos. En Sal 38 queda resaltado el sufrimiento que padece el orante.
Cuatro veces clama el salmista al Señor (vv. 2.10.16.22). La primera (vv. 2-9) pide no ser castigado (v. 2) y expone ante el Señor los dolores de su enfermedad (vv. 3-9). La segunda (vv. 10-15) apela a que el Señor conoce su dolor (v. 10), intensificado por la indiferencia de sus conocidos y el acoso de sus enemigos (vv. 11-15). La tercera (vv. 16-21) expresa a Dios su confianza en Él (v. 16) y confiesa su culpa (vv. 17-21). La cuarta y última es un grito pidiendo urgentemente auxilio (vv. 22-23). El salmo se abre y se cierra con súplicas (vv. 2.21-22); su desarrollo, en cambio, es una confesión de confianza (vv. 10.16).
Con este salmo, tenido por la Iglesia como el tercero de los penitenciales (cfr Sal 6, nota), el cristiano es invitado constantemente a presentar su pecado ante Dios, no ya porque sienta sobre él la reprensión divina mediante la enfermedad u otra desgracia, sino porque siente el remordimiento y la alteración de la paz interior que produce el mismo pecado, y, sobre todo, porque puede ver en los sufrimientos de nuestro Señor Jesucristo los efectos del pecado que Él, siendo inocente, cargó sobre sus hombros (cfr Is 53,7; 1 Co 15,3).