COMENTARIO

 Salmo 39 

En el salmo anterior el salmista callaba ante quienes le acusaban con infamias (cfr Sal 38,14-15), y en su interior recurría al Señor (cfr Sal 38,16) esperando ser curado al confesar su pecado (cfr Sal 38,2.22-23). En Sal 39 en cambio se ve cercana la muerte (cfr Sal 39,5-6) y el salmista no puede seguir callado (v. 4). Meditando y en silencio ha querido seguir la conducta del hombre sabio para no irritarse por los malvados (cfr Sal 37,1.7; 39,2); pero su dolor se ha hecho más intenso (Sal 39,3), su enfermedad, más grave (Sal 39,11-12). Entonces rompe su silencio (v. 4) y habla al Señor pronunciando palabras de sabiduría y «lo recto» (cfr Sal 37,30).

El salmista había hecho propósito de mantenerse en silencio, pero no puede soportarlo y al fin habla (vv. 2-4). Habla al Señor (vv. 5-14) elevando a Él su súplica: primero le pide comprender la fugacidad de su vida (vv. 5-7); después, y poniendo su confianza en Dios, ser perdonado y librado de la enfermedad (vv. 8-12); finalmente, tener algún alivio antes de morir (vv. 13-14). Estamos ante un salmo peculiar que termina sin esperanza de vivir, sólo parecido en cierto modo a Sal 88.

El hombre, ciertamente, nada puede hacer para prolongar su existencia en la tierra, pues ésta depende de Dios. Por eso, con más fuerza aún que la que aparece en este salmo, nuestro Señor Jesucristo invita a confiar en la providencia divina: «¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura?» (Mt 6,27).

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