LXX / Vulgata 38
Ante la brevedad y los sufrimientos de la vida sólo cabe confiar en Dios
1Al maestro de coro. A Yedutún. Salmo. De David.
2Yo me decía: «Vigilaré mis caminos
para no pecar de lengua;
pondré mordaza a mi boca
mientras esté frente a mí el impío».
3Guardé silencio, callé sin provecho;
y se recrudeció mi dolor.
4Mi corazón ardía dentro de mí;
en mi meditación se encendía el fuego,
hasta que desaté mi lengua:
5«Señor, hazme saber mi fin,
cuál sea la medida de mis días,
para saber qué fugaz soy yo.
6Has dado a mi vida unos pocos palmos,
mi existencia es nada delante de Ti.
Un soplo es todo hombre en su vigor.
Pausa
7Como una sombra el hombre pasa,
en vano se afana,
amasa fortuna sin saber quién la cosechará.
8Ahora, Señor, ¿qué puedo esperar?
Mi esperanza está en Ti.
9Líbrame de todos mis delitos;
no me expongas a la burla del necio.
10Me callo, no abriré la boca,
pues eres Tú quien hace las cosas.
11Aparta tus golpes de mí:
estoy agotado por la furia de tu mano.
12Castigas al hombre para corregirle de su culpa;
corroes, como polilla, sus tesoros.
Sólo un soplo es todo hombre.
Pausa
13Escucha mi plegaria, Señor,
presta oído a mi clamor,
no seas sordo a mis lágrimas,
pues soy un forastero ante Ti,
un peregrino como todos mis padres.
14Aparta de mí tu mirada para que tome aliento,
antes de que me vaya y deje de existir».