COMENTARIO

 Salmo 40 

El comienzo de este salmo (vv. 2-5) es el reconocimiento de que Dios interviene en aquellas circunstancias extremas en las que se le suplicaba en el salmo anterior (cfr Sal 39,13-14). Por eso la inclinación del salmista es distinta: allí a callar (cfr Sal 39,2.10), aquí a proclamar alabanzas (v. 4) y a manifestar lo que pensó (v. 8). En Sal 40 confluyen además la convicción de la culpa personal que era expresamente reconocida en Sal 38 (cfr también Sal 39,9), y la contraposición entre la vergüenza de los enemigos del salmista y la alegría de los que buscan al Señor, expresadas casi con los mismos términos que en Sal 35 (cfr 35,21.26-27; 40,15-17). De este modo en Sal 40 se prolonga la oración contenida en los salmos anteriores.

Primero se canta lo que hizo el Señor (vv. 2-11); después se le eleva la súplica (vv. 12-18). El canto de las acciones divinas del pasado se introduce con la confesión del salmista: esperaba en el Señor y Éste le escuchó, le salvó y le movió a la alabanza para que muchos pusieran su confianza en Él (vv. 2-5); después se dirige directamente a Dios reconociendo sus incontables proezas y lo que Dios esperaba a cambio: algo que el salmista estuvo dispuesto a realizar (vv. 6-9) y que proclamó ante la gran asamblea (vv. 10-11). La parte del salmo dedicada a la súplica incluye primero la petición de perdón (vv. 12-13), y después la de auxilio frente a los enemigos (vv. 14-18). Esta última petición aparece más adelante en el libro de los Salmos como un salmo distinto (cfr Sal 70), por lo que se piensa que pudo haber circulado independientemente.

El punto central de este salmo es la disposición personal del salmista a obedecer a Dios, pues tal es su propia misión (vv. 7-9). Entiende que es su obediencia, y no los sacrificios expiatorios, lo que Dios espera de él. Coincide así con la actitud del siervo del Señor descrita en el libro de Isaías (cfr Is 50,5; 53,12), y prepara la que mostró nuestro Señor Jesucristo que vino a servir y no a ser servido, y a entregar su vida en rescate por todos (cfr Mt 20,28).

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