COMENTARIO
Las acciones de Dios en favor de su pueblo son tantas que es imposible proclamarlas todas (v. 6). En virtud de ellas el Señor pide obediencia a Él, y a su Ley (v. 9). No quiere decir que excluya o desprecie los sacrificios, sino que éstos han de ser signos de aquella obediencia (cfr 1 S 15,22; Is 10,20; Mi 6,6-8). «Me abriste el oído», —literalmente «me cavaste el oído»— puede entenderse como horadar las orejas en el sentido de me «hiciste tu siervo de por vida» (cfr Ex 21,6; Dt 15,7); o en el de «me hiciste escuchar y conocer», a la manera de lo que el maestro hace con el discípulo (cfr Is 48,8; 50,4-5). La versión griega (LXX), que en vez de: «Me abriste el oído», trae: «Me preparaste un cuerpo», parece inclinarse por el primer sentido. La razón del cambio de palabras pudiera estar en que entre los griegos a veces se designaba el esclavo con la misma palabra que «cuerpo». En cualquier caso la respuesta del salmista es la disposición pronta y total a cumplir la voluntad del Señor, pues eso es lo que se espera de él según consta en el rollo escrito (vv. 8-9; cfr Is 6,8; 50,5). La alusión a un rollo en el que se habla del salmista hace pensar que éste sea el rey al que se le entregaba una copia de la Ley cuando era coronado para que la siguiese en su administración (cfr Dt 17,18-20; 2 R 11,12). Su misión consiste en cumplir la Ley del Señor (vv. 8-9). En la Carta a los Hebreos se transcriben las palabras de los vv. 7-9a, según la versión griega, como pronunciadas por Jesucristo al venir a este mundo, y se explica con ellas el cese de los sacrificios de la antigua Ley: «Después de haber dicho antes: No quisiste ni te agradaron sacrificios y ofrendas ni holocaustos y víctimas expiatorias por el pecado —cosas que se ofrecen según la Ley—, añade luego: Aquí vengo para hacer tu voluntad. Deroga lo primero para instaurar lo segundo. Y por esa voluntad somos santificados de una vez para siempre, mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10,8-10).
Explica el Catecismo de la Iglesia Católica que «en Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas. Jesús dijo al entrar en el mundo: “He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad” (Hb 10,7; Sal 40,7). Sólo Jesús puede decir: “Yo hago siempre lo que le agrada a él” (Jn 8,29). En la oración de su agonía, acoge totalmente esta Voluntad: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42; cfr Jn 4,34; 5,30; 6,38). He aquí por qué Jesús “se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios” (Ga 1,4). “Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Hb 10,10)» (n. 2824).