COMENTARIO

 Sal 43,5 

El estribillo adquiere nueva intensidad al final de la oración, pues en ese contexto cobran toda su fuerza las palabras: «Aún podré alabarlo»; en Sal 42,6 el acento recaía en: «¿Por qué te abates, alma mía», y en Sal 42,12 en: «Espera en Dios».

Dios como fuente de vida se hace presente en Jesucristo —«quién me ve a mi ha visto al Padre» (Jn 14,8)— y en sus acciones salvíficas, los sacramentos. Éstos son las corrientes de agua viva —de la gracia divina— que pueden calmar la sed que el hombre tiene de Dios (cfr Sal 42,2). Las situaciones de turbación, que también se dan en la vida del cristiano, llevan a buscar a Dios con más fuerza en esas fuentes. «Las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta y su ministerio público eran ya salvíficas. Anticipaban la fuerza de su misterio pascual. Anunciaban y preparaban aquello que Él daría a la Iglesia cuando todo tuviese su cumplimiento. Los misterios de la vida de Cristo son los fundamentos de lo que en adelante, por los ministros de su Iglesia, Cristo dispensa en los sacramentos, porque “lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios” (S. León Magno, serm. 74,2)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1115).

Las palabras de este salmo, que anteriormente se recitaban como parte del introito en la liturgia de la Misa, bien pueden servir para fomentar las disposiciones personales antes de participar en la Sagrada Eucaristía.

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