COMENTARIO

 Salmo 45 

Llama la atención el carácter profano en la literalidad de esta composición, y sorprende bastante verla introducida aquí. Su significación se aclara en cierto modo desde el salmo anterior en el que la figura del rey —veladamente presente en las expresiones en primera persona del singular (cfr Sal 44,7.16-17)— aparecía llena de vergüenza y de oprobio (cfr Sal 44,16-17), al mismo tiempo que se señalaba su especial relación con Dios, rey supremo (cfr Sal 44,5). Sal 45 presenta, en contraste con el anterior, la gloria del rey como fruto de la bendición divina (v. 3) en el momento en que se manifiesta con mayor esplendor: sus nupcias con una princesa extranjera. Es la majestad propia del ungido de Dios: el Mesías (v. 8) victorioso (vv. 4-6) y sentado en su trono (vv. 7-10). Así este salmo, en la oración, levanta el ánimo tras la angustia reflejada en el anterior. En la liturgia del Templo llevaba a dirigir la mirada al futuro Rey Mesías.

Tras expresar su propósito de dedicar su canto al rey (v. 2), el salmista se dirige a él (vv. 3-10) ensalzándole (v. 3), invitándole a actuar (vv. 4-6) y reconociendo su justicia y esplendor (vv. 7-10). Después se dirige a la reina (vv. 11-16) exhortándola (vv. 11-12) y cantando su belleza (vv. 13-16). Finalmente hace augurios para la descendencia del rey (v. 17), y expresa de nuevo el propósito del canto que ha entonado (v. 18). Hay que notar la correspondencia entre el v. 18 y el 2, y entre el 17 y el 3, que hacen de marco al cuerpo del salmo.

El salmo no da el nombre del rey; podría, por tanto, ser cantado en cualquier boda real. Pero ninguno de los reyes de Judá —y menos de Israel— poseyó las cualidades militares y administrativas, o el esplendor que en este salmo se proclaman del «Ungido de Dios». Las mismas expresiones de eternidad (vv. 3.18) y de universalidad (vv. 6.17-18), originariamente pertenecientes al lenguaje poético, llevan a pensar en un rey futuro de características especiales: el Rey Mesías. En el Nuevo Testamento, al ser citado este salmo, se aplica a Jesucristo.

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