COMENTARIO

 Sal 45,7-10 

El trono «por siempre» alude a la profecía de Natán a David según la cual el mesías salvador saldría del linaje de éste (cfr 2 S 7,13-16). El rey es llamado «dios» quizá en referencia al carácter sagrado de la monarquía davídica, pero también puede entenderse como una invocación en medio del verso: «Oh Dios», o traducirse: «Que es de Dios». Al trono va unido el cetro, símbolo de la justicia administrada por el rey. Esto es signo de que ha sido elegido por Dios entre otros que podían haber aspirado al trono, como sucedió en el caso de David (cfr 1 S 16,1-13) o de Jehú (cfr 2 R 9,1-10). A través de la unción —«óleo de alegría» (v. 8)— Dios ha otorgado sus dones salvíficos al rey y al pueblo. Tras el aspecto militar y administrativo se señala el esplendor de su persona y de su palacio, incluido el harén. Destaca la presencia de la reina a su derecha, que puede referirse a la reina madre cuyo influjo en los reinados de los distintos monarcas señala con frecuencia la historia de los reyes (cfr 1 R 1,16-28; 2 R 10,13; etc.), o a la nueva esposa de la que se va a hablar a continuación. En cualquier caso el esplendor del rey y su reinado incluye a la reina. Las palabras de los vv. 7-8 vienen citadas literalmente en la Carta a los Hebreos (cfr Hb 1,8-9) como dirigidas por Dios a su Hijo, Jesucristo, al ser enviado al mundo.

Volver a Sal 45,7-10