COMENTARIO
La fuerza y majestad del rey cantadas en el salmo anterior llevan como de la mano a fijar la mirada en Jerusalén. Es lo que se hace en este salmo, el primero de los dedicados a Sión (cfr Sal 48; 76; 87). En la ciudad santa lo más destacable no es ya el trono del rey ni su palacio (cfr Sal 45,7.9.16), sino la morada del Altísimo (Sal 46,5). Él da la alegría–salvación que allí existen (cfr Sal 45,8.16; 46,5), y a Él es a quien reconoce toda la tierra (Sal 45,6.13.17-18; 46,3.7.9.11). Con Sal 46 la oración se reorienta hacia Dios, Señor de cielo y tierra, bien en la liturgia, bien en la lectura personal del libro de los Salmos.
La estructura del poema la marca el estribillo repetido en los vv. 8 y 12, y que parece que habría de suponerse también tras el v. 4; en él se desarrolla la afirmación inicial (v. 2). Aunque hubiera desórdenes cósmicos (vv. 3-4), «el Señor de los ejércitos está con nosotros»; está en Jerusalén, dando seguridad cada día mientras tiemblan las naciones (vv. 5-7), pues «el Señor… está con nosotros» (v. 8); contempladlo (vv. 9-10) ya que Él se muestra (v. 11), pues «el Señor… está con nosotros» (v. 12).
El sentido de este salmo queda enriquecido cuando se hace oración del cristiano. La cercanía de Dios, cantada en el estribillo, se hace real en Jesucristo, el Emmanuel o «Dios con nosotros» (Mt 1,23; 28,20).