COMENTARIO

 Sal 46,11 

El mismo sacerdote, a modo de oráculo, como si hablase el mismo Dios, invita a reconocer la divinidad del Dios del Templo (cfr Is 33,10-13) y su domino universal.

En la Iglesia —«ciudad de Dios» como la llamó San Agustín— el Señor ofrece la abundancia de sus bienes y proporciona fuerza interior, una seguridad que nace de saber que el Espíritu Santo está presente en ella: «El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea —siempre y en todo— signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios. (…) La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 128).

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