COMENTARIO

 Sal 56,8-9 

Sobre sus enemigos lanza el salmista la imprecación que se hacía contra los gentiles (v. 8), al tiempo que siente la protección de Dios sobre su vida (v. 9): le acompaña como a los patriarcas en sus peregrinaciones —«errante» (cfr Dt 26,5)—, se cuida de todos sus sufrimientos —«lágrimas en tu odre»—, y no lo echa en olvido —«estar en tu libro»—. San Agustín recurre a estas palabras para enseñar cómo debe ser nuestra oración: «Lejos, pues, de nosotros la oración con vana palabrería; pero que no falte la oración prolongada, mientras persevere ferviente la atención. Hablar mucho en la oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfluas. Orar, en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la puerta de aquel que nos escucha. Porque, con frecuencia, la finalidad de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones verbales. Porque el Señor recoge nuestras lágrimas en su odre y a él no se le ocultan nuestros gemidos, pues todo lo creó por medio de aquel que es su Palabra, y no necesita las palabras humanas» (Epistolae 130,10,20).

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