COMENTARIO
Prosigue la oración del anterior. Allí se proclamaba que sólo Dios es salvación y refugio (cfr Sal 62,2-3; 6-7), aquí se anhela llegar a Él (Sal 63,2); allí se escuchaba al Señor (cfr Sal 62,12), aquí se le contempla (Sal 63,3); allí se proclamaba que Dios retribuye al hombre (cfr Sal 62,13), aquí se concreta cuál es la retribución para los hombres violentos (Sal 63,10-11) y para el rey y los suyos (Sal 63,12).
La oración comienza con el anhelo de Dios por parte del salmista (v. 2), recordando a continuación la experiencia que ha tenido de su presencia en el Templo (vv. 3-6), y exponiendo los sentimientos que le embargan durante la noche (vv. 7-9). En contraste, proclama el fracaso de sus enemigos y la alegría del rey por su triunfo sobre ellos (vv. 10-12). El deseo inicial (v. 2) desemboca en esperanza segura al final del salmo (v. 12), a través del recuerdo de su experiencia en el Templo (vv. 3-6) y sus sentimientos durante la noche (vv. 7-9).
En el título este salmo se atribuye a David errante por el desierto de Judá (cfr 1 S 22-24), y es posible que el último versículo sea un añadido en virtud del recuerdo de aquel rey. En cualquier caso, la confesión de que contemplar la bondad de Dios en el Templo vale más que la vida (v. 4), significa considerar la vida culminada cuando se ha contemplado tal bondad. Es la actitud del anciano Simeón cuando tras haber visto al Niño Jesús en el Templo exclama: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,29-32).