COMENTARIO

 Sal 63,10-12 

El salmista manifiesta su convicción de que la unión con Dios va a darle la liberación de los males que le acechan, los enemigos. Ser «pasto de chacales» (v. 11) significa quedar insepultos, un mal aún peor que la misma muerte. La liberación que el salmista espera va unida al éxito del rey (v. 12; cfr Sal 61,7), al que se unen los que son fieles a Dios —«cuantos juran por Él»—, y ante el que enmudecen los ídolos —«embustes»—. Este salmo, como otros que describen la situación del justo perseguido, tiene su aplicación más clara en Jesús, el justo por excelencia. Sin embargo, Jesús no es sólo un ejemplo para nosotros, sino redentor. Por eso no es extraño que los sufrimientos del salmista se interpretaran, a la luz de las palabras de San Pablo: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo» (Col 1,24). Así se ven insertos en el misterio de la redención: «Cada uno de nosotros aportamos a esta especie de común república nuestra lo que debemos de acuerdo con nuestra capacidad, y en proporción a las fuerzas que poseemos, contribuimos con una especie de canon de sufrimientos. No habrá liquidación definitiva de todos los padecimientos hasta que haya llegado el fin del tiempo. No se os ocurra, por tanto, hermanos, pensar que todos aquellos justos que padecieron persecución de parte de los inicuos, incluso aquellos que vinieron enviados antes de la aparición del Señor, para anunciar su llegada, no pertenecieron a los miembros de Cristo. Es imposible que no pertenezca a los miembros de Cristo, quien pertenece a la ciudad que tiene a Cristo por rey» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 61,4).

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