COMENTARIO
En virtud de que Dios es más poderoso que sus enemigos, y de que ha sido ultrajado su Nombre (v. 18), se le pide que salve a su pueblo (v. 19). En el texto hebreo éste es comparado a una tórtola («no entregues a las fieras la vida de tu tórtola»), como en Os 7,11; 11,11, para resaltar su debilidad; la versión de los Setenta y la Neovulgata leen, corrigiendo ligeramente el texto, «la vida de los que te alaban». En cualquier caso, se trata del pueblo fiel a la Alianza, que sufre violencia por todas partes (v. 20) y espera salvación (v. 21). La causa del pueblo, pobre y humilde, se ha convertido en causa de Dios (vv. 22-23).
Los pobres del Señor (vv. 19.21; cfr So 2,3; Sal 22,27; 34,3; Is 49,13; 61,1; etc.), son «los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 716). Ellos son «la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas para preparar la venida de Cristo. Ésta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor “un pueblo bien dispuesto” (cfr Lc 1,17)» (ibidem).