COMENTARIO
En el salmo anterior se cantaban los portentos del Señor que rescató a su pueblo de Egipto (cfr Sal 77,15-20) y lo condujo bajo la guía de Moisés y de Aarón (cfr Sal 77,21); en éste se da explicación de por qué ahora el pueblo es guiado por David (o la monarquía davídica), y de por qué, a pesar de aquellos portentos, sufrieron la pérdida del Arca. El Señor no rechazó entonces a su pueblo (cfr Sal 77,8-11). Fue un castigo, al tiempo que un don de algo mejor (78,69-72). La meditación en medio de la adversidad (cfr Sal 77,3-7) lleva al sabio a estas conclusiones (78,1-2.7-8).
Habla un sabio que inicia su poema (vv. 1-8) invitando a su pueblo a escucharle (vv. 1-2) y exponiendo el origen (vv. 3-4) y la finalidad (vv. 5-8) de su enseñanza. A continuación recuerda cómo Israel quebrantó repetidamente la Alianza, en el desierto y tras entrar en la tierra, por lo que Dios le castigó y finalmente abandonó el santuario de Siló (vv. 9-64); en su lugar, eligió a Jerusalén y a la tribu de Judá, y suscitó al rey David (vv. 65-72).
Al recordar esa historia el salmista tiene ante los ojos la infidelidad del reino del Norte, y la atribuye, en una visión general (vv. 9-16), al olvido de lo que Dios había hecho por su pueblo cuando le sacó de Egipto (vv. 9-11) y lo condujo por el desierto (vv. 12-16). Después, en una mirada más detenida (vv. 17-31), recuerda las primeras rebeliones contra Dios en el desierto (vv. 17-19) a las que Dios respondió dándoles agua y alimento (vv. 20-28), pero también castigando a los más fuertes (vv. 29-31). A continuación se mencionan las otras rebeliones del desierto (vv. 32-39): volvieron a pecar y Dios volvió a castigarlos (vv. 32-33); retornaban aparentemente al Señor (v. 34-37) y Éste los trataba con clemencia pues conocía su debilidad (vv. 38-39).
Como en un resumen se presenta de nuevo lo sucedido en el desierto y su significado (vv. 40-55): se rebelaron muchas veces (vv. 40-41) olvidándose de los portentos de la salida de Egipto —descritos ahora con más detalle— (vv. 42-51), pero Dios los llevó a la tierra prometida (vv. 52-55). A continuación se cuenta lo que sucedió allí (vv. 56-64): volvieron a rebelarse contra Dios (vv. 56-58), por lo que Dios retiró definitivamente su presencia del santuario que habían construido (vv. 59-60) y los entregó, junto con el Arca, en manos del enemigo (vv. 61-64). Pero Dios, expone finalmente el salmo (vv. 65-72), no abandonó al pueblo: castigó a los enemigos (vv. 65-66), repudió al reino del Norte y eligió a Judá, construyendo su Templo en Jerusalén (vv. 67-69) y suscitando a David, rey justo (vv. 70-72).
Con esta presentación de la historia, a veces sin seguir el orden de los hechos, el salmista afirma que el reino del Norte no ha sido fiel al Dios de Israel porque había olvidado, como sucedió en los tiempos del éxodo y la conquista, lo que el Señor hizo por su pueblo; en cambio ese recuerdo se mantiene en Judá y Jerusalén. El salmo pudo ser compuesto después de la caída del reino del Norte o tras la vuelta del destierro como preludio del salmo siguiente.
El sabio que habla en este salmo desvela el significado de los hechos de la historia de Israel, viendo el poder y la clemencia divinas en los acontecimientos del éxodo, del desierto y de la estancia en la tierra hasta David. Para el cristiano, la acción de Dios abarca mucho más. San Pablo verá culminada esa acción de Dios en favor de los hombres en la resurrección de Cristo (cfr Rm 1,2-7) y en el don del Espíritu Santo (cfr Ef 1,13-14). La reprobación de Efraím y la elección de Judá (cfr vv. 67-69) son modelo de lo que ha sucedido en Jesucristo y en la Iglesia: la rebeldía de los judíos, que no aceptaron la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo (cfr Rm 11,31), ha sido ocasión para que la salvación llegue a los gentiles mediante la Iglesia (cfr Rm 11,11).