COMENTARIO
Ya el grupo anterior de salmos de los hijos de Coré (Sal 42-49) comenzaba con el recuerdo anhelante de la peregrinación al Templo (cfr Sal 42,5). Algo parecido sucede ahora en Sal 84, con la diferencia de que aquí el salmista parece haber conseguido su deseo (Sal 84,11). La secuencia entre este salmo y el anterior parece estar señalada en que en aquél se confesaba a Dios como el que «sólo» Él era el Altísimo (cfr Sal 83,19), y en éste como «el Dios de los dioses» que habita en Sión (Sal 84,8).
A la confesión inicial del deseo de morar en el Templo para ser dichoso (vv. 2-5), sigue la proclamación de la dicha de los que peregrinan a Jerusalén (vv. 6-8), y la súplica por el rey acompañada del reconocimiento de los bienes que allí el Señor le otorga (vv. 9-12). Concluye proclamando dichoso a quien confía en Dios (v. 13).
Los deseos de morar en el Templo y la dicha de estar junto a Dios, tal como aparece en éste y en otros salmos (cfr Sal 120-134), los actualiza el cristiano en su deseo de vivir con Cristo (cfr Flp 1,21). Cristo es, en efecto, el nuevo Templo de Dios (cfr Jn 2,21). De ahí que la meditación de este salmo sea un medio para fomentar las ansias de unirse íntimamente a Cristo en la celebración eucarística, y especialmente al recibirle en la Sagrada Comunión. Por eso, este salmo, junto con los dos siguientes (Sal 85 y 86) y con Sal 116 y 130, es uno de los que la Iglesia ha aconsejado rezar a los sacerdotes antes de celebrar la Santa Misa.