COMENTARIO
Como otros reyes de la antigüedad, David y Salomón ejercieron el sacerdocio (cfr 2 S 6; 1 R 8). Aquí se dice «sacerdote eterno» porque Dios es fiel a sus promesas, y si prometió a David un trono firme para siempre (cfr 2 S 7,16), el de Jerusalén, a ese trono iba unida la dignidad sacerdotal de Melquisedec, antiguo rey de la ciudad, que bendijo a Abrahán cuando éste le presentó ofrendas (cfr Gn 14,18-20). Así el rey recibe el sacerdocio no por la vía de descendencia familiar, como los hijos de Aarón y de Leví, sino directamente de Dios. En la Carta a los Hebreos se explica con amplitud cómo este salmo se cumple en Jesucristo, el Hijo de Dios, en cuanto que Él es el sacerdote eterno según el orden de Melquisedec. Ya al comienzo de la carta, Cristo es presentado como superior a los ángeles, pues a ningún ángel se dijeron jamás, como a Jesús, las palabras del v. 1 «Siéntate a mi diestra» (Hb 1,13). Jesucristo no se apropió la gloria del sumo sacerdocio, sino que le fue otorgada por el Padre al decirle: «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» (v. 4; Hb 5,6). En Él, por tanto, tenemos el ancla de nuestra esperanza, pues aquello a lo que Dios se había comprometido con juramento (Sal 110,4) queda cumplido en Jesús, que entró en los cielos por nosotros como precursor hecho a semejanza de Melquisedec, Sumo Sacerdote para siempre (Hb 6,19-20). Jesús no pertenecía a la tribu de Leví, como tampoco el rey del que se habla en el salmo. Por eso el autor de la Carta a los Hebreos emplea también el v. 4 para mostrar que el sacerdocio de Jesucristo, otorgado directamente por Dios con juramento (Hb 7,20-22), significa que el sacerdocio levítico era algo transitorio que con Cristo ha dejado de tener validez.