COMENTARIO

 Salmo 115 

Enlazando con los salmos anteriores éste proclama la presencia del Señor (cfr Sal 114,7; 115,3), Dios de Israel (cfr Sal 113,5; 114,7; 115,3), que es invisible en los cielos (cfr Sal 113,4), pero que se manifiesta en la bondad para con su pueblo —en su Nombre— (cfr Sal 113,1-3; 115,1) y en la creación (cfr Sal 113,5-6; 115,3.16). Los Setenta y la Vulgata lo unen al anterior y presentan así una diferencia de dos unidades respecto a la numeración del texto hebreo. Esa unión responde probablemente a que en el contexto litúrgico en el que se empleaban los salmos, el 115 era como la respuesta a la proclamación hecha en el 114. En cualquier caso Sal 115 conduce la oración al reconocimiento y a la alabanza del Dios que sacó a Israel de Egipto como el único y verdadero Dios creador.

Comienza hablando la comunidad que proclama su adhesión al Señor y el desprecio de los ídolos (vv. 1-8); después un coro exhorta a confiar en el Señor (vv. 9-11) y de nuevo interviene la comunidad pidiendo la bendición del Señor (vv. 12-13). A continuación alguien, quizás un sacerdote, desea esa bendición al pueblo (vv. 14-15), y éste se ratifica en el reconocimiento de su Dios y en la alabanza a Él (vv. 16-18).

Este salmo invita a reconocer al Dios vivo, creador de cielos y tierra, y a confiar en Él y no en los ídolos fabricados por el hombre. Los ídolos, en efecto, no son nada, son imágenes mudas, como enseñará más tarde San Pablo (cfr 1 Co 10,19-20; 12,2). Pero, a pesar de ello, los hombres siguen adorando a las obras de sus manos (cfr Ap 9,20). La actualidad que sigue teniendo este salmo es grande.

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