LXX / Vulgata 113,9–26
Liturgia de alabanza al Señor, el único Dios verdadero,
que bendice a su pueblo
1No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu Nombre da la gloria,
por tu misericordia, por tu fidelidad.
2¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?
3Nuestro Dios está en los cielos.
Cuanto le agrada, lo hace.
4Los ídolos de las naciones son plata y oro,
hechura de manos humanas.
5Tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven;
6tienen oídos y no oyen,
tienen nariz y no huelen;
7tienen manos y no palpan,
tienen pies y no andan;
no articulan voz con su garganta.
8Sean como ellos quienes los hacen,
todos los que en ellos confían.
9Casa de Israel, confía en el Señor:
Él es su auxilio y su escudo.
10Casa de Aarón, confía en el Señor.
Él es su auxilio y su escudo.
11Los que temen al Señor, confíen en el Señor.
Él es su auxilio y su escudo.
12El Señor se ha acordado de nosotros y nos bendice.
Bendice a la casa de Israel.
Bendice a la casa de Aarón.
13Bendice a los que temen al Señor,
pequeños y grandes.
14Que el Señor los acreciente,
a ustedes y a sus hijos.
15Benditos sean del Señor,
que hizo los cielos y la tierra.
16Los cielos son los cielos del Señor;
la tierra se la dio a los hijos de Adán.
17Los muertos no te alaban, Señor,
ni cuantos bajan al silencio.
18Nosotros, los que vivimos, bendecimos al Señor:
ahora y por siempre.