COMENTARIO
El primer fin en la petición no es la exaltación del pueblo, sino la gloria de Dios que se manifiesta por sus acciones (cfr Sal 108,6). La pregunta del v. 2 implica la petición al Señor de que actúe, ya que el «hacer» (v. 3) marca la diferencia entre el verdadero Dios y los ídolos. La existencia y la divinidad del Dios de Israel se refleja en que hace cuanto quiere (v. 3), mientras que los ídolos, fabricados por los hombres, son simulacros, imágenes sin vida (vv. 4-7). «Las Sagradas Escrituras confiesan con frecuencia el poder universal de Dios. Es llamado “el Poderoso de Jacob” (Gn 49,24; Is 1,24, etc.), “el Señor de los ejércitos”, “el Fuerte, el Valeroso” (Sal 24,8-10). Si Dios es Todopoderoso “en el cielo y en la tierra” (Sal 135,6), es porque Él los ha hecho. Por tanto, nada le es imposible (cfr Jr 32,17; Lc 1,37) y dispone a su voluntad de su obra (cfr Jr 27,5); es el Señor del universo, cuyo orden ha establecido, que le permanece enteramente sometido y disponible; es el Señor de la historia: gobierna los corazones y los acontecimientos según su voluntad (cfr Est 4,17b; Pr 21,1; Tb 13,2): “El actuar con inmenso poder siempre está en tu mano. ¿Quién podrá resistir la fuerza de tu brazo?” (Sb 11,21)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 269).
Comentando el v. 8 escribe San Juan de la Cruz: «La afición y asimiento que el alma tiene a la criatura iguala a la misma alma con la criatura, y cuanto mayor es la afición, tanto más la iguala y hace semejante, porque el amor hace semejanza entre lo que ama y es amado. Que por eso dijo David (Sal 115,8), hablando de los que ponían su afición en los ídolos: Similes illis fiant qui faciunt ea, et omnes qui confidunt in eis, que quiere decir: Sean semejantes a ellos los que ponen su corazón en ellos. Y así, el que ama criatura, tan bajo se queda como aquella criatura, y, en alguna manera, más bajo; porque el amor no sólo iguala, mas aun sujeta al amante a lo que ama» (Subida al monte Carmelo 1,4,3).