COMENTARIO

 Sal 115,1-8 

El primer fin en la petición no es la exaltación del pueblo, sino la gloria de Dios que se manifiesta por sus acciones (cfr Sal 108,6). La pregunta del v. 2 implica la petición al Señor de que actúe, ya que el «hacer» (v. 3) marca la diferencia entre el verdadero Dios y los ídolos. La existencia y la divinidad del Dios de Israel se refleja en que hace cuanto quiere (v. 3), mientras que los ídolos, fabricados por los hombres, son simulacros, imágenes sin vida (vv. 4-7). «Las Sagradas Escrituras confiesan con frecuencia el poder universal de Dios. Es llamado “el Poderoso de Jacob” (Gn 49,24; Is 1,24, etc.), “el Señor de los ejércitos”, “el Fuerte, el Valeroso” (Sal 24,8-10). Si Dios es Todopoderoso “en el cielo y en la tierra” (Sal 135,6), es porque Él los ha hecho. Por tanto, nada le es imposible (cfr Jr 32,17; Lc 1,37) y dispone a su voluntad de su obra (cfr Jr 27,5); es el Señor del universo, cuyo orden ha establecido, que le permanece enteramente sometido y disponible; es el Señor de la historia: gobierna los corazones y los acontecimientos según su voluntad (cfr Est 4,17b; Pr 21,1; Tb 13,2): “El actuar con inmenso poder siempre está en tu mano. ¿Quién podrá resistir la fuerza de tu brazo?” (Sb 11,21)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 269).

Comentando el v. 8 escribe San Juan de la Cruz: «La afición y asimiento que el alma tiene a la criatura iguala a la misma alma con la criatura, y cuanto mayor es la afición, tanto más la iguala y hace semejante, porque el amor hace semejanza entre lo que ama y es amado. Que por eso dijo David (Sal 115,8), hablando de los que ponían su afición en los ídolos: Similes illis fiant qui faciunt ea, et omnes qui confidunt in eis, que quiere decir: Sean semejantes a ellos los que ponen su corazón en ellos. Y así, el que ama criatura, tan bajo se queda como aquella criatura, y, en alguna manera, más bajo; porque el amor no sólo iguala, mas aun sujeta al amante a lo que ama» (Subida al monte Carmelo 1,4,3).

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