COMENTARIO
El pueblo, en su aclamación, reconoce un nuevo orden establecido por Dios mediante la victoria del rey. A éste se le compara con la piedra rechazada que se ha convertido en la piedra clave, central, de un arco que se mantiene en pie gracias a ella. El rey fue desdeñado por quienes le atacaron y ahora es él quien domina sobre ellos. Pero la imagen de la piedra también puede referirse al pueblo, si el orante, aun representando al rey, es el pueblo como tal.
El cambio de situación, debido en el salmo a la victoria del rey y significado en el v. 22 con la imagen de la piedra angular, lo anuncia Jesús en la parábola de los viñadores homicidas a los que se les quita la viña para entregarla a otros. Al final de la parábola, y como prueba de que va a ser así, Jesús cita las palabras de ese versículo (cfr Mt 21,42; Mc 12,10; Lc 20,17). Ese cambio se ha realizado con la muerte y resurrección de Jesús, pues Él es la piedra desechada por las autoridades judías, que se ha convertido en piedra angular en cuanto que «no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados» (Hch 4,12). Pero también es «piedra de tropiezo» para quienes le rechazan (cfr 1 P 2,6-8). Al mismo tiempo Cristo es la piedra angular en la Iglesia; en Él «toda la edificación se alza bien compacta para ser templo santo en el Señor» (Ef 2,21).
La Iglesia utiliza este salmo en la liturgia del Domingo de Resurrección, y repite con frecuencia durante su octava las palabras del v. 24 reconociendo así el establecimiento del nuevo orden salvífico operado por la resurrección de Cristo: «El ladrón es admitido en el paraíso, los cuerpos de los santos entran en la ciudad santa y los muertos vuelven a tener su morada entre los vivos. Así, como si la resurrección de Cristo fuera germinando en el mundo, todos los elementos de la creación se ven arrebatados a lo alto. El abismo devuelve sus cautivos, la tierra envía al cielo a los que estaban sepultados en su seno, y el cielo presenta al Señor a los que han subido desde la tierra: así, con un solo y único acto, la pasión del Salvador nos extrae del abismo, nos eleva por encima de lo terreno y nos coloca en lo más alto de los cielos. La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo en este día en que actuó el Señor» (S. Máximo de Turín, Collectio sermonum 53,1-2).