COMENTARIO

 Sal 118,25-28 

La proclamación del pueblo (vv. 26a.27a) se alterna con la voz de los sacerdotes que bendicen a los que llegan (26b) y ordenan la procesión (27b). A ello se une la profesión de fe del orante (v. 28). Así, el pueblo de Israel, los sacerdotes —la casa de Aarón— y los que temen al Señor (cfr vv. 2-4) unen sus voces en la acción de gracias. El cumplimiento de este salmo en Jesucristo se pone de manifiesto cuando la multitud lo aclama con las palabras del v. 26 en su entrada triunfal en Jerusalén y en el Templo (cfr Mt 21,9; Mc 11,9-10; Lc 19,28-40; Jn 12,13). Jesús es el Rey Mesías en cuyas acciones se revela que la misericordia de Dios es eterna. Por eso, esas mismas palabras serán pronunciadas algún día por el pueblo judío que reconocerá a Jesucristo (cfr Mt 23,39). Son las palabras recogidas en el Sanctus de la Santa Misa para aclamar al Señor.

Volver a Sal 118,25-28