COMENTARIO
Atribuido a David, quizá por haberse humillado ante el Señor y aceptado su voluntad (cfr 2 S 7,18-29; 12,15-23), este salmo, compuesto sin duda después del destierro, es presentado como «canto de las subidas». Para el que ha llegado al Templo, juega el papel de autojustificación ante Dios. Al mismo tiempo recoge también la exhortación al pueblo que encontrábamos en el salmo anterior (cfr Sal 130,7; 131,3).
El salmista comienza presentando al Señor su inocencia frente al pecado de soberbia (v. 1) y después enfatiza su hacerse como un niño (v. 2); termina exhortando al pueblo a confiar en el Señor (v. 3).
La actitud expresada en este salmo es propuesta por nuestro Señor Jesucristo como condición para entrar en el Reino de Dios, cuando dijo a sus discípulos: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 18,2).