COMENTARIO
En este salmo vuelven a aparecer motivos de alabanza contenidos en el anterior (cfr Sal 135,3 con 136,1; 135,8 con 136,10, y 135,10-11 con 136,17-22), junto a otros nuevos, como la creación de los astros (Sal 136,7-9) y el paso del Mar Rojo (Sal 136,13-15). Además, su forma de letanía lleva a singularizar cada una de las acciones divinas. En el salmo anterior, la bondad del Señor se reflejaba en que Él es grande (cfr Sal 135,5) y actúa con poder en favor de su pueblo (cfr Sal 135,6); en éste, la misma bondad (136,1) se manifiesta en la creación y en la historia del pueblo (136,4), efecto de su misericordia. En la liturgia judía Sal 136 es llamado Gran Hallel, o gran canto de alabanza, aunque también este nombre se aplica al grupo de Sal 113-118 o también a Sal 146-150.
Comienza con la invitación a la alabanza resaltando la bondad y el poder del Señor (vv. 1-3); después va desglosando cómo se han manifestado: primero en la creación (vv. 4-9); luego en la historia de Israel sacándolo de Egipto y dándole la tierra (vv. 10-22); después protegiéndolo de sus opresores (vv. 23-24); finalmente, siendo providente con todos (v. 25). Termina con una nueva invitación a la alabanza (v. 26).
La eternidad de la misericordia del Señor puede cantarla el cristiano no sólo recordando las grandes maravillas de la creación y de la historia del pueblo de Israel, sino contemplando la Persona de nuestro Señor Jesucristo y las obras que realizó. Él nos reveló que el Padre le amó «antes de la creación del mundo» (Jn 17,24), y en Él, proclama San Pablo, nos eligió también a nosotros antes de la fundamentación del universo (cfr Ef 1,4). Por Cristo, además, Dios otorga «la salvación eterna para todos los que le obedecen» (Hb 5,9).