COMENTARIO

 Sal 137,4-6 

Olvidarse de Jerusalén equivalía a olvidarse del Señor. Con un juego de palabras que no se aprecia en la traducción castellana, el salmista se desea, si llegara a ese olvido, que «sea olvidada su diestra», es decir, que su mano no reciba fuerza de Dios para tocar la cítara. La traducción «se paralice» o «se seque» responde a una corrección del término hebreo. También desea el salmista no poder hablar, para no cantar los cantos del Señor si se olvida de su misericordia manifestada en el Templo (v. 6).

Estas palabras nos recuerdan la necesidad de mantener vivo el deseo de llegar algún día a la bienaventuranza eterna, donde encontraremos el mayor de los consuelos: «Corramos juntos el camino de nuestra fe; deseemos la patria celestial, suspiremos por ella, sintámonos peregrinos en este mundo. (…) Entonces llegarás a la fuente con cuya agua has sido rociado; entonces verás al descubierto la luz cuyos rayos, por caminos oblicuos y sinuosos, fueron enviados a las tinieblas de tu corazón» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 35,8-9). «Los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello es porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre: sólo Dios puede saciarlo con creces, hasta el infinito; por esto, el hombre no puede hallar su descanso más que en Dios, como dice San Agustín: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón no hallará reposo hasta que descanse en ti”. Los santos, en la patria celestial, poseerán a Dios de un modo perfecto, y, por esto, sus deseos quedarán saciados y tendrán más aún de lo que deseaban. Por esto, dice el Señor: Entra en el gozo de tu Señor. Y San Agustín dice: “Todo el gozo no cabrá en todos, pero todos verán colmado su gozo. Me saciaré de tu semblante; y también: Él sacia de bienes tus anhelos”» (S. Tomás de Aquino, Expositio in Credum).

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