COMENTARIO

 Salmo 147 

Dentro del grupo de himnos de alabanza con el que se cierra el libro de los Salmos, Sal 147 tiene la peculiaridad de combinar, como motivos de alabanza, la acción divina sobre la creación y su actuación con Israel. Abarca así todos los motivos de alabanza a Dios. Los salmos siguientes presentarán los sujetos de la alabanza: todas las criaturas (cfr Sal 148) y, especialmente, Israel (cfr Sal 149). Sal 147 guarda al mismo tiempo cierta relación con el anterior; sigue manteniendo la afirmación de que Dios se ocupa de los pobres y rechaza a los impíos (cfr Sal 146,9; 147,6) y desarrolla la consideración de la acción divina: el Dios creador (cfr Sal 146,6) es, además, el Dios providente (Sal 147,4-5.8-9.16-17).

El salmo consta de tres partes, cada una de ellas introducida con una invitación a la alabanza (vv. 1.7.12) y seguida de la contemplación de Dios en sus acciones hacia Israel y en la creación. En la primera parte (vv. 1-6), tras la invitación (v. 1), se ensalza al Señor porque Él reúne y cuida a Israel (vv. 2-3), y por ser todopoderoso (vv. 4-5) y ocuparse de los pobres (v. 6). En la segunda (vv. 7-11), a la invitación (v. 7) sigue la contemplación de Dios providente con todos (vv. 8-9), que se complace en quien le teme (vv. 10-11). En la tercera, la invitación a la alabanza se dirige a Jerusalén (v. 12) porque Dios le ha dado la paz (vv. 13-14), mostrándose solícito y poderoso sobre toda la tierra (vv. 15-18), y también porque ha dado su Ley a Israel (vv. 19-20). La acción de Dios con Israel (vv. 19-20) y su cuidado de Jerusalén (vv. 2-3) hacen de marco y dan unidad a todo el salmo. Los Setenta, seguidos por la Vulgata, lo dividieron en dos salmos distintos —los vv. 1-11 como Sal 146, y los vv. 12-20 como Sal 147— quizás porque la tercera parte del himno se dirige expresamente a Sión. Con esta división vuelve a unificarse en el texto hebreo y en los Setenta la numeración de los salmos que venía siendo distinta a partir de Sal 10.

Este salmo invita al cristiano a reconocer y alabar a Dios no sólo como providente y redentor de Israel, sino como el que se ha hecho presente entre los hombres a través de su Palabra encarnada, Cristo (v. 15; cfr Jn 1,14). Jesucristo es el fundamento para la construcción de su Iglesia, nuevo pueblo de Dios (vv. 2-3; cfr 1 Co 3,9-11), que como nueva Jerusalén (v. 12; cfr Ga 4,26) le alaba y glorifica vivificada por el don del Espíritu Santo (v. 18; cfr Rm 5,5).

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