COMENTARIO

 Pr 7,1-27 

La última lección del maestro insiste en la precaución frente a la mujer extraña que es capaz de disfrazar incluso bajo la apariencia de religiosidad sus perversos apetitos (v. 14). En la figura de la mujer extraña sigue subyacente la imagen de la tentación de abandonar a la sabiduría. Se ridiculiza al que cediendo a la seducción comete adulterio: es «como buey que va al matadero, como ciervo atrapado en un lazo» (v. 22). En el trasfondo de esta enseñanza hay que tener en cuenta los mandamientos del Señor (cfr Ex 20,14; Dt 5,18) y las palabras de los profetas (cfr Os 7,4; Jr 9,2; etc.), que veían en el adulterio un pecado tan grave que servía de imagen para comprender el abandono de Dios y su Alianza. «Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio (cfr Mt 5,27-28). El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento proscriben absolutamente el adulterio (cfr Mt 5,32; 19,6; Mc 10,11-12; 1 Co 6,9-10). Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la figura del pecado de idolatría (cfr Os 2,7; Jr 5,7; 13,27). El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2380-2381).

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