COMENTARIO
Comienza ahora una larga serie de sentencias breves que van precedidas por el título «Proverbios de Salomón». Es la primera de las dos colecciones de máximas atribuidas al rey sabio que se encuentran en este libro. Las sentencias, por su contenido, no se ajustan a un orden estrictamente lógico, sino que se van yuxtaponiendo una tras otra, a veces unidas por muy vagas afinidades temáticas y sin que falten las repeticiones. Cada proverbio es una unidad en sí mismo y tiene aplicación universal. Suelen constar de dos frases en paralelismo: la segunda propone la antítesis de la primera (paralelismo antitético), o dice lo mismo con otras palabras (paralelismo sinonímico).
Las colecciones salomónicas probablemente sean las más antiguas de todas las incluidas en la obra. Esta primera colección consta a su vez de dos partes: una primera, en la que se incluyen enseñanzas concretas acerca de aspectos humanos de la vida ordinaria (10,1-15,33); y una segunda, en la que se trata más directamente de las relaciones con Dios (16,1-22,16). La colección fue recopilada, según parece, en los últimos años del reino de Judá tras la muerte del rey Josías. Ante las amenazas inminentes de las tropas babilónicas, los sabios habrían reunido estos proverbios para que no se perdieran y para enseñar al pueblo una conducta recta y solidaria confiando en el Señor. Así se verían libres de la violencia. En el fondo es una llamada a la conversión como hacían los profetas Hababuc y Sofonías; pero esta llamada no se presenta como palabra del Señor, sino como voz del sabio que habla desde la experiencia de los efectos que tienen las acciones del hombre. Aunque aparecen las figuras del «sabio» y el «necio», el binomio fundamental lo constituyen el «justo» y el «malvado»; se trata, por tanto, de llevar al discernimiento entre diferentes formas de actuar, y de invitar a hacerlo buscando la justicia interhumana y la misericordia hacia el pobre.
En el centro de la reflexión sapiencial contenida en esta colección, se sitúa la preocupación por ofrecer un punto de referencia al hombre para comportarse de acuerdo con las leyes que el Señor ha dado a su pueblo (cfr 10,8). De hecho, se afirma que el «temor de Dios» instruye en la sabiduría (cfr 15,33). Se reconoce, pues, al Señor como el que garantiza el éxito y la prosperidad de los justos. En definitiva, los sabios tratan de mostrar el camino para alcanzar la felicidad. Ahora bien, cuando estos proverbios fueron compuestos aún no se había dado la revelación divina sobre el más allá de la muerte. Por eso, la búsqueda de la felicidad no supera los horizontes de la vida natural, y el único modo de supervivencia que se ofrece consiste en el recuerdo de las buenas obras, la buena fama, los hijos, etc. Puesto que estas máximas parecen sucederse sin un orden que las estructure, comentaremos únicamente algunas que han incidido con más fuerza en la enseñanza del Nuevo Testamento y de la Tradición de la Iglesia.