COMENTARIO
Se podría decir que la nota común a la mayor parte de los Proverbios es la invitación a la prudencia como «conocimiento discreto de lo que se debe obrar y lo que se debe omitir. Y quien lo sigue no se apartará nunca de la virtud ni se inclinará hacia los vicios» (S. Basilio, In principium Proverbiorum 6). En efecto, «la prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. “El hombre cauto medita sus pasos” (Pr 14,15). “Sed sensatos y sobrios para daros a la oración” (1 P 4,7). La prudencia es la “regla recta de la acción”, escribe Santo Tomás (S.Th. 2-2,47,2), siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación. Es llamada auriga virtutum: conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1806).