COMENTARIO

 Pr 15,13 

La alegría es fruto de la acción del Espíritu Santo (cfr Ga 5,22) en las almas que son humildes y dóciles a Dios. Así como la tristeza quita energías para la lucha diaria, la alegría impulsa a afrontar tareas audaces en el servicio a Dios y a los demás, sin detenerse ante las adversidades. Si procuramos actuar con humildad y sencillez, siempre mantendremos la serenidad y el gozo de quien se sabe hijo de Dios, y no habrá lugar a decepciones ni amarguras incluso ante las dificultades o fracasos. «Reaccionaremos con dolor pero sin desánimo —dice San Josemaría Escrivá—, y con una sonrisa que brota, como agua limpia, de la alegría de nuestra condición de hijos de ese Amor, de esa grandeza, de esa sabiduría infinita, de esa misericordia, que es nuestro Padre» (Amigos de Dios, n. 146).

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