COMENTARIO
La búsqueda y el reconocimiento de la verdad es algo propio de la dignidad humana. «Todos los hombres —enseña el Concilio Vaticano II—, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre, y, por tanto, enaltecidos por la responsabilidad personal, tienen la obligación moral de buscar la verdad» (Dignitatis humanae, n. 2). Además, la veracidad es necesaria en toda relación humana: «Los hombres —dice Santo Tomás— no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad» (Summa Theologiae 2,2,109,3,1). Por eso, «una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio (cfr Pr 19,9). Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable o a aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado (cfr Pr 18,5); comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2476).