COMENTARIO

 Pr 23,10-11 

Aunque estas máximas tienen puntos comunes con tradiciones sapienciales de otros pueblos, inciden en cuestiones con fuerte arraigo en la fe de Israel. Aquí, como en la primera máxima (cfr 22,22-23), se habla del Señor como defensor de la causa de los huérfanos. En la tradición de Israel, el huérfano, la viuda y el extranjero, es decir, aquellos que no tienen quien les defienda, son los protegidos del Señor: es Él quien asume su defensa (cfr Dt 10,18; 16,11.14; etc.). De ésta, y de otras convicciones presentes en la Biblia, nace la enseñanza de los pecados que claman al cielo: «La tradición catequética recuerda también que existenpecados que claman al cielo”. Claman al cielo: la sangre de Abel (cfr Gn 4,10); el pecado de los sodomitas (cfr Gn 18,20; 19,13); el clamor del pueblo oprimido en Egipto (cfr Ex 3,7-10); el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano (cfr Ex 22,20-22); la injusticia para con el asalariado (cfr Dt 24,14-15; St 5,4)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1867).

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