COMENTARIO

 Qo 1,3-6,12 

La primera parte del libro está dedicada a poner de manifiesto que la sabiduría que el hombre se afana en conseguir es vanidad. Para eso se muestra que, al observar la naturaleza, da la impresión de que todo lo que existe se encuentra en un continuo devenir cíclico en el que nada nuevo cabe esperar: parece que no hay novedades que realmente lo sean (1,3-11). A continuación se argumenta, a partir de la experiencia, que la búsqueda de la sabiduría es empeño vano pues no cambia la suerte del sabio (1,12-2,26). Por si eso no bastase, Qohélet va narrando lo que ha visto: fraude y corrupción, muerte, explotación, envidia, soledad… Y de su observación directa de la realidad la conclusión que se sigue es análoga: ¡también esto es vanidad y esfuerzo vano! (3,1-4,16). Frente a esos hechos, entre una serie de consejos (4,17-5,11), se expone la lección fundamental del libro: «Tú, teme a Dios» (5,6). En efecto, si se prescinde de toda referencia a Dios, incluso las riquezas sólo traen consigo males (5,12-6,7). En esa situación ¿qué ventajas reporta la sabiduría? (6,8-12). De este modo, el maestro de Israel, utilizando una retórica análoga a la de sus contrincantes helenistas, compone una diatriba para mostrar que lo razonable es apoyarse en Dios, puesto que toda la sabiduría de este mundo es vana.

Las dos nociones —la verdadera sabiduría y el temor de Dios— se perfeccionarán en el mensaje del Nuevo Testamento. La verdadera sabiduría está en «Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2,2-3). Y el temor de Dios ha de entenderse como amor, no como miedo, porque Dios es Padre. Ésta es la convicción que debe regir la conducta: «En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no es perfecto en el amor» (1 Jn 4,18).

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