COMENTARIO
La única respuesta que abre camino a la esperanza en medio de las situaciones descritas es la consideración del temor de Dios. Por eso, después del cuadro sombrío que Qohélet acaba de trazar (3,16-4,16), pasa a hacer unas reflexiones que tienen como centro la recomendación clara: «Tú, teme a Dios» (5,6). Las primeras se refieren a la actitud que debe observarse a la hora de hablar, ya sea con Dios (5,1.3-5) ya sea con los demás (5,2). Resuenan los proverbios que tanto invitan a «moderar» la lengua (cfr Pr 10,19; 13,3; 21,23; Si 28,12-30; etc.), y que tienen tanta fuerza en la tradición bíblica. Estas recomendaciones de Qohélet acerca de la prudencia al hablar, junto con otras sobre la serenidad (cfr 7,9), están también presentes en la exhortación de la Carta de Santiago: «Bien lo sabéis, hermanos míos queridísimos. Que cada uno sea diligente para escuchar, lento para hablar y lento para la ira» (St 1,19).
Las siguientes reflexiones (5,7-11) tienen presente la situación de los dueños ricos y de los obreros pobres que, como sucede con frecuencia, son explotados por aquéllos. Por eso, Qohélet invita a considerar la autoridad suprema de Dios que retribuye a cada uno según sus obras. Esta enseñanza la compendiaba de una manera admirable San Pablo cuando decía: «Amos: dad a vuestros siervos lo que es justo y equitativo, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en el cielo» (Col 4,1).