COMENTARIO

 Qo 5,12-6,7 

Después de interrumpir brevemente su exposición para exhortar al temor de Dios (4,17-5,11), Qohélet sigue hablando de los males que «ha visto». Disfrutar de las riquezas es un don de Dios (5,17-19), pero muchos que llegan a poseerlas no logran gozar de ellas por perderlas en un mal negocio (5,12-16), o porque un forastero se las arrebata (6,1-7). Parece que ambas situaciones eran frecuentes durante la helenización de Palestina. De una parte, los negocios unidos al desarrollo del comercio no estaban exentos de riesgo; de otra, los monarcas extranjeros gravaban a los comerciantes y pequeños propietarios con fuertes impuestos.

El éxito y las riquezas no son bienes absolutos, y pueden acabar esclavizando a las personas. Nunca producen una satisfacción plena y duradera, pues el hombre no puede saciarse totalmente con las cosas de este mundo. En esta línea, San Jerónimo comenta esas palabras diciendo que «todo aquello por lo cual se fatigan los hombres en este mundo se consume con la boca y, una vez triturado por los dientes, pasa al vientre para ser digerido. Y el pequeño placer que causa a nuestro paladar dura tan sólo el momento en que pasa por nuestra garganta. Y, después de todo esto, nunca se sacia el alma del que come: ya porque vuelve a desear lo que ha comido (y tanto el sabio como el necio no pueden vivir sin comer, y el pobre sólo se preocupa de cómo podrá sustentar su débil organismo para no morir de inanición), ya porque el alma ningún provecho saca de este alimento corporal» (Commentarius in Ecclesiasten).

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