COMENTARIO

 Qo 7,1-8 

Ciertamente el hombre puede percibir que hay cosas mejores que sus contrarias, pero si lo piensa bien se da cuenta de que muchas veces es mejor aquello que el sentir común considera más desgraciado y triste.

Por eso sabio es aquel que no tiene miedo de reflexionar sobre la muerte —en la que se recapitula lo que ha sido la vida humana en su conjunto y quedan patentes las obras realizadas—, en vez de dejarse arrastrar por un ambiente festivo, que enmascara con entusiasmos pasajeros la verdadera realidad de las cosas y rehúye afrontar temas que plantean graves cuestiones. No busca el reconocimiento inmediato, ni la alabanza de los necios, sino hacer algo que realmente tenga valor y cuya satisfacción por lo hecho perdure. Esta enseñanza está en la línea que Jesús marca en el Evangelio para discernir lo que realmente vale de lo efímero: «Por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,20-21).

De ahí que lo realmente importante no es comenzar las cosas, sino terminarlas bien (v. 8). «Comenzar es de muchos; acabar, de pocos —comenta San Josemaría Escrivá—, y entre estos pocos hemos de estar los que procuramos comportarnos como hijos de Dios. No lo olvidéis: sólo las tareas terminadas con amor, bien acabadas, merecen aquel aplauso del Señor, que se lee en la Sagrada Escritura: “mejor es el fin de la obra que su principio” (Qo 7,8)» (Amigos de Dios, n. 55).

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