COMENTARIO
Sigue mostrando Qohélet los problemas que se plantean en el mundo, donde no se retribuye a cada uno de acuerdo con lo que merecen sus obras y todos acaban en la muerte. Pero mientras se vive hay posibilidades de alegría personal y familiar que no se deben dejar pasar. En ese contexto se explican sus razonamientos.
A pesar de todo, precisamente la incertidumbre acerca del más allá le estimula a reflexionar sobre la vida resaltando el valor de los actos humanos e invitando a disfrutar con agradecimiento de los bienes que Dios otorga aquí a los hombres: calor de familia, amor, comida y bebida, vestido, perfume.
La tradición cristiana ha acogido el valor positivo de esas enseñanzas. Pues, aunque proceden de un momento superado en el desarrollo progresivo de la Revelación, responden al afán impreso por Dios en la naturaleza humana de gozar de las nobles satisfacciones de este mundo: «Anda, come tu pan con alegría y bebe contento tu vino, porque Dios ya ha aceptado tus obras. Si queremos —dice San Gregorio de Agrigento— explicar estas palabras en su sentido obvio e inmediato, diremos, con razón, que nos parece justa la exhortación del Eclesiastés, de que, llevando un género de vida sencillo y adhiriéndonos a las enseñanzas de una fe recta para con Dios, comamos nuestro pan con alegría y bebamos contentos nuestro vino, evitando toda maldad en nuestras palabras y toda sinuosidad en nuestra conducta, procurando, por el contrario, hacer objeto de nuestros pensamientos todo aquello que es recto, y procurando, en cuanto nos sea posible, socorrer a los necesitados con misericordia y liberalidad; es decir, entregándonos a aquellos afanes y obras en que Dios se complace» (Explanationes in Ecclesiasten 8,6). Por su parte, San Josemaría Escrivá invitaba a hacer con todas las fuerzas lo que en cada momento esté al alcance de la mano (cfr v. 10): «¿Quieres de verdad ser santo? —Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces» (Camino, 815).