COMENTARIO
«Echa tu pan sobre la superficie de las aguas, que al cabo del tiempo lo encontrarás de nuevo» (v. 1). Posiblemente se trata de una metáfora acerca de la necesidad de asumir riesgos para alcanzar beneficios en el comercio marítimo. La frase en Qohélet se explica porque con la helenización de Palestina se produjo un notable incremento del comercio, y el transporte marítimo era el medio más utilizado para llevar las mercancías a los mercados más remotos. Sin duda requería valentía poner en una de aquellas naves los frutos de una cosecha o los objetos construidos con gran empeño en el trabajo, pero si uno no asumía ese riesgo tampoco podría acceder a los buenos beneficios que podían conseguirse si salía bien toda la operación. Por eso, no es bueno ser excesivamente calculador, pues no sabe uno los efectos que va a tener lo que haga, como bien lo dice el refrán popular recogido en el v. 4. En cualquier caso el valor del que es generoso buscando la sabiduría no es temeridad pues, aunque no sepa cómo actúa Dios, no le cabe duda de que Él hace todas las cosas (cfr v. 5), lo mismo que es Él quien hace germinar la semilla (v. 6). Mientras el hombre vive puede ver la luz y disfrutar de las cosas (v. 7). Una lectura cristiana del v. 7, como la realizada por San Gregorio de Agrigento, entiende el pasaje en sentido alegórico a partir de que Cristo es la luz del mundo: «Dulce es la luz, como dice el Eclesiastés, y es cosa muy buena contemplar con nuestros ojos este sol visible. Sin la luz, en efecto, el mundo se vería privado de su belleza, la vida dejaría de ser tal. Por esto, Moisés, el vidente de Dios, había dicho ya antes: Y vio Dios que la luz era buena. Pero nosotros debemos pensar en aquella magna, verdadera y eterna luz que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre, esto es, Cristo, salvador y redentor del mundo, el cual, hecho hombre, compartió hasta lo último la condición humana» (Explanationes in Ecclesiasten 10,1).