COMENTARIO
La segunda parte del libro había comenzado señalando que el que busca la verdadera sabiduría no elude afrontar las cuestiones más delicadas, y entre ellas la muerte (7,1-2). Ahora esta parte se cierra con la mirada puesta en el creador y en el final de la vida humana. El pensamiento de la muerte y de lo que sucede cuando llega queda aquí expresado con una fuerza extraordinaria. Es el punto culminante que puede alcanzar la sabiduría del hombre. Desde esa perspectiva la vida se reconoce como un bien transitorio otorgado por Dios. Así, se puede echar una mirada a la juventud y también a todos los años que uno tenga por delante (v. 1) sopesando la provisionalidad de la vida sobre la tierra y teniendo en cuenta el momento de la muerte. Precisamente en eso, en poner a cada uno delante de sus justas posibilidades para que pueda tomar con plena libertad y responsabilidad sus opciones, es en lo que consiste la tarea del maestro de la sabiduría. Eso es lo que ha hecho Qohélet, y de ese modo concluye su instrucción. «La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1007).