COMENTARIO
Repite casi literalmente las palabras con las que comenzaba la obra —procedimiento de la inclusión— (cfr 1,2). Además de servir como título del libro ratifica que incluso la forma de vivir que se ha mostrado en los últimos capítulos (cfr 7,9-12,7) no deja de ser «vanidad de vanidades». La verdadera sabiduría está en comprenderlo y aceptarlo.
La ascética cristiana ha recogido este modelo de Qohélet tanto en el fondo —desapego de los valores mundanos y apego a los mandatos de Dios—, como en la forma: frases sencillas, tajantes, y con énfasis en los contrastes. El seguimiento de Cristo se ha entendido muchas veces así, como imitación de Jesús unida al rechazo de las vanidades del mundo: «Quien me sigue no anda en tinieblas, dice el Señor. Estas palabras son de Cristo, con las cuales nos amonesta que imitemos su vida y costumbres, si queremos verdaderamente ser alumbrados y libres de toda ceguedad del corazón. Sea pues nuestro estudio pensar en la vida de Jesús. (…) Vanidad de vanidades, y todo vanidad, excepto amar y servir solamente a Dios. Suma sabiduría es, por el desprecio del mundo, ir a los reinos celestiales. Y pues así es, vanidad es buscar riquezas perecederas, y esperar en ellas. También es vanidad desear honras, y ensalzarse vanamente. Vanidad es seguir el apetito de la carne, y desear aquello por donde después te sea necesario ser castigado gravemente. Vanidad es desear larga vida, y no cuidar que sea buena. Vanidad es mirar solamente a esta presente vida, y no proveer a la venidera. Vanidad es amar lo que tan presto se pasa, y no buscar con solicitud el gozo perdurable. Acuérdate frecuentemente de aquel dicho de la Escritura: No se harta la vista de ver, ni el oído de oír. Procura, pues, desviar tu corazón de lo visible, y traspasarlo a lo invisible» (Tomás de Kempis, De imitatione Christi 1,1-5).