COMENTARIO
Éste es uno de los cantos más complejos del Cantar. Con todo, pueden distinguirse cuatro movimientos: la posesión de la amada que le descubre al amado la sorpresa del amor (6,11-12); un nuevo retrato poético de la amada (7,1-6) que despierta en el amado el deseo de gozar del amor de un modo nuevo (7,7-10), y el asentimiento a ese deseo por parte de la amada (7,10-11).
La sorpresa del amor (6,11-12). No sabemos quién habla aquí, pero el huerto (v. 11), en los otros lugares del Cantar (4,12-5,1), representa a la amada. Por otra parte, el v. 12 es uno de los versículos más difíciles de interpretar. La idea que parece expresar es que ante la persona amada, el deseo (literalmente, el alma) le traslada a los carros de Aminadib. No hay, ni en la Biblia ni en la literatura de la época que conocemos, nadie que lleve ese nombre. La versión griega de los LXX y la Vulgata lo traducían por Aminadab. La Neovulgata lo descompone en «el príncipe de mi pueblo», pero no es coherente con la lengua hebrea. Muchos autores piensan que la mención evoca a Abinadab, un personaje de la época de David, que acogió en su casa el carro en el que iba el Arca de la Alianza (2 S 6,3-11), cuando David, la trasladaba a Jerusalén. En ese caso, estos versículos podrían evocar y completar el mismo contenido que se hace explícito después (8,6): el amor nace de Dios y lleva a Dios.
Nuevo retrato de la amada que se denomina «la Sulamita» (7,1-6). Es bastante probable que el nombre propio sea simbólico: la Sulamita significaría la pacífica, la perfecta, la que lo tiene todo. El retrato recorre ahora el cuerpo de la amada desde los pies hasta la cabeza. Además, recoge un número insólito de menciones geográficas de Palestina. Si se tiene presente que este poema ha comenzado diciendo que la amada reúne en sí misma la belleza de la tierra prometida (cfr 6,4 y nota), y que en otros lugares (cfr 1,5-2,7 y nota) la amada podría representar al país de Israel unido en la restauración, esta parte del poema puede leerse fácilmente de manera alegórica: Israel es la perfecta, la que se ha hecho ya digna de Dios y despierta su pasión. De hecho, el poema sigue por ese camino: el amado quiere poseer cada una de las partes de la amada (7,7-10).
A mitad del v. 10 parece como si la amada interrumpiera el parlamento del amado y hablase ella. Ante el deseo del amado, la amada asiente y proclama la mutua pertenencia (7,10-11). Este último versículo se ha repetido a lo largo del Cantar, aunque con ligeras variaciones. En 2,16, decía: «Mi amado es para mí, y yo para él»; en 6,3, cambiaba un poco: «Yo soy de mi amado, y mi amado es mío»; y ahora dice: «Yo soy de mi amado, y él siente pasión por mí». El contenido de la segunda parte del verso es el inverso de la maldición de la mujer en Gn 3,16: «Hacia tu marido te empujará tu pasión y él te dominará». El amor tiene el poder de redimir de la maldición del pecado.
Pero, más allá de la significación puntual del versículo, el poema se dirige hacia su fin. Ya no hay vaivenes en la amada, ya no hay búsqueda, todo está perdonado y redimido. Ella es la única, la perfecta: se siente contemplada por el amado, que se apasiona con sólo mirarla. La lectura alegórica verá en esta situación de la amada a Israel, a la Iglesia y al alma en gracia: «Con razón se designa con el nombre de amanecer o alba a toda la Iglesia de los elegidos, ya que el amanecer o alba es el paso de las tinieblas a la luz. La Iglesia, en efecto, es conducida de la noche de la incredulidad a la luz de la fe, y así, a imitación del alba, después de las tinieblas se abre al esplendor diurno de la claridad celestial. Por esto, dice acertadamente el Cantar de los Cantares: ¿Quién es ésta que se asoma como el alba? Efectivamente la santa Iglesia, por su deseo del don de la vida celestial, es llamada alba, porque, al tiempo que va desechando las tinieblas del pecado, se va iluminando con la luz de la justicia» (S. Gregorio Magno, Moralia in Iob 29,2-4).