COMENTARIO

 Sb 9,1-12 

Es la «oración del rey sabio», que evoca la que, según 1 R 3,6-9 y 2 Cro 1,8-10, hiciera Salomón al comienzo de su reinado. Constituye una bella pieza literaria, que encarna el ideal del «sabio» israelita sumido en meditación acerca de la providencia paternal de Dios.

El v. 1 interpreta de forma resumida Gn 1,1-27 según se comprendía en el judaísmo tardío que consideraba la creación como obra de la Palabra de Dios. Así aparece expresamente en algunos de los Targumim o traducciones arameas del Antiguo Testamento, a partir del siglo I d.C. El carácter personal que ahí tiene la «Palabra» indica que ésta se identifica con la Sabiduría de Dios, como vemos repetidamente a lo largo del libro. Así se prepara la interpretación del Nuevo Testamento, que llega a ver a Jesucristo como Logos o «Palabra de Dios», tal como es contemplado sobre todo en el prólogo del Evangelio de San Juan (Jn 1,1-4), y también en sus cartas (1 Jn 1,1) y en el Apocalipsis (Ap 19,13).

En una lectura cristiana de este pasaje, las expresiones de alabanza a la Sabiduría las podemos referir al Verbo Encarnado. Más tarde, la tradición cristiana, sobre todo en la liturgia, aplicará también algunos de estos textos a Santa María, la Madre del nuevo Adán, Cristo, a quien está sometida toda la creación.

La «palabra» y la «sabiduría» de Dios, presentes en la creación del mundo y del hombre, reflejan que éstas responden a un proyecto determinado e inteligente, y al poder para realizarlo. Así lo reconoce la enseñanza de la Iglesia: «Creemos que Dios creó el mundo según su sabiduría (cfr Sb 9,9). Éste no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar. Creemos que procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad: “Porque tú has creado todas las cosas; por tu voluntad lo que no existía fue creado” (Ap 4,11). “¡Cuán numerosas son tus obras, Señor! Todas las has hecho con sabiduría” (Sal 104,24). “Bueno es el Señor para con todos, y sus ternuras sobre todas sus obras” (Sal 145,9)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 295).

En el v. 3 se recuerda que el hombre debe regir el mundo «con santidad y justicia»: esta fórmula no se encuentra en el resto del Antiguo Testamento, pero aparecerá en Lc 1,75 y Ef 4,24.

En el v. 10 se pide a Dios que envíe la sabiduría desde «los cielos santos», es decir, desde la morada propia de Dios. En la Carta de Santiago, 3,17-18 se dirá: «La sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, y además pacífica, indulgente, dócil, llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial, sin hipocresía. Los que promueven la paz siembran con la paz el fruto de la justicia».

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