COMENTARIO

 Sb 11,10-20 

Dios castigó a los egipcios con tormentos para que le reconociesen (v. 13) y llegasen a salir de la idolatría que practicaban (vv. 15-16). En su castigo usó de moderación, pues podía haberlos exterminado sin dificultad (vv. 17-20). Al leer el pasaje, es conveniente recordar la noción de Dios que impregna todo el escrito. No es otra, por supuesto, que la del Antiguo Testamento. Sin embargo, por las circunstancias en que escribe el autor y por el público al que se dirige en primer lugar, consideró muy adecuado subrayar algunos puntos, que hoy llamaríamos de teología fundamental. En Alejandría y en las ciudades del bajo Egipto helenizado cundía un «intelectualismo» crítico, que cuestionaba todas las opiniones y creencias. En tales circunstancias, el hagiógrafo vio conveniente tratar el «tema» de la existencia de Dios. Para ello disponía del razonamiento de la «analogía»: por la observación de las cosas, de las maravillas de la creación visible, la razón debía elevarse a la consideración del autor de ellas. El argumento lo desarrollará un poco más adelante, en 13,1-9, pero ya ahora está gravitando en su pensamiento. Discurre con lucidez y no cae en antropomorfismos: Dios es omnipotente para crear el universo (v. 17); no tiene limitación alguna (v. 21); nada escapa a su poder creador y conservador (cfr v. 25); todo lo dispone «con medida, número y peso» (v. 20); tiene un gobierno benévolo con todo lo creado pues el Señor es «amigo de la vida» (v. 26).

Si por la razón, por vía de analogía, Dios puede ser conocido, la incredulidad es un pecado que no puede dejar de ser castigado. Era pues justo que Dios castigara a los egipcios por sus pensamientos torcidos y sus ritos absurdos de adoración a «serpientes irracionales y bestias viles» (v. 15). En cambio, Dios se había mostrado comprensivo y benévolo con quienes creían en Él, los israelitas, a pesar de sus debilidades y pecados (cfr vv. 4.10).

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