COMENTARIO
Resultan irónicos y hasta divertidos algunos supuestos que explica el hagiógrafo para ridiculizar el culto a los ídolos: confección de un ídolo con madera desechada (13,11-19), o el mascarón de proa de un navío para que le proteja (14,1). Pero, en cualquier caso, el culto a esas imágenes idolátricas es una abominación, un tropiezo para los hombres (14,8-11).
El Catecismo de la Iglesia Católica aplica la misma enseñanza a nuestro mundo actual: «La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. “No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Mt 6,24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a “la Bestia” (cfr Ap 13-14), negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cfr Ga 5,20; Ef 5,5)» (n. 2113).
El Concilio Vaticano II, en diversos documentos, nos recuerda la responsabilidad personal de buscar la verdad sobre Dios, respetando las conciencias: «“Todos los hombres […] están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla” (Dignitatis humanae, n 1). Este deber se desprende de “su misma naturaleza” (Dignitatis humanae, n. 2). No contradice al “respeto sincero” hacia las diversas religiones, que “no pocas veces reflejan, sin embargo, […] un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (Nostra aetate, n. 2), ni a la exigencia de la caridad que empuja a los cristianos “a tratar con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la fe” (Dignitatis humanae, n. 14)”» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2104).
Los vv. 6-7 han sido leídos por los Santos Padres en relación con el leño salvador de la cruz de Jesucristo (así San Juan Crisóstomo, San Germán de Constantinopla, San Ambrosio, San Buenaventura, etc.). Realmente, el libro de la Sabiduría, aunque obviamente no lo exprese, da pie a una tal relectura cristiana. Ya 10,4, recuerda cómo en el diluvio, a la humanidad perecida «la Sabiduría la salvó de nuevo dirigiendo al justo [Noé] en un vulgar madero», demasiado frágil para resistir la violencia de las aguas, pero capaz de salvar a la humanidad por designio divino. Ahora, 14,6-7 recuerda el episodio del arca–madero y el hagiógrafo proclama una bendición para ese madero o leño, que salva a los hombres, al contrario que el leño con el que fabrican los ídolos, que es causa de perdición. A la relectura de los Padres contribuyó la alusión de San Pablo en Ga 3,13-14, donde pone como causa de nuestra salvación la crucifixión de Cristo en el madero de la cruz: «Si al principio un madero nos trajo la muerte, ahora otro madero nos da la vida: entonces fuimos seducidos por el árbol: ahora por el árbol ahuyentamos la antigua serpiente. Nuevos e inesperados cambios: en lugar de la muerte alcanzamos la vida; en lugar de la corrupción, la incorrupción; en lugar del deshonor, la gloria» (Teodoro Estudita, In adoratione crucis).