COMENTARIO
Un nuevo contraste en la acción de Dios: de un lado, la plaga de las tinieblas (17,1-20), la novena contra los egipcios (cfr Ex 10,21-29); de otro, la luz que alumbraba a los israelitas (18,1-4), en sus casas en Egipto (cfr Ex 10,23b) y por el desierto en forma de columna de nube luminosa (Ex 13,21-22; 40,38; Nm 9,15-23).
El pasaje presenta razonamientos en alguna medida inusuales en el resto del Antiguo Testamento, pero entroncados fielmente en sus concepciones sobre las realidades fundamentales: Dios, el mundo, el hombre, la bondad… Los «juicios» de Dios que son difíciles de explicar hacen referencia a sus designios de salvación del pueblo elegido; no es extraño, por tanto, que «las almas sin instrucción» se equivoquen (17,1).
Las descripciones que hace el hagiógrafo sobre los miedos de los egipcios ante apariciones fantasmagóricas durante los días de la plaga de las tinieblas (17,3-10), desembocan en una especie de reflexión o teoría sobre el miedo, más bien desde la perspectiva psicológica. La idea básica es que la maldad conduce, por sí misma, al miedo y a la inseguridad (17,11-12). Hay algunos precedentes en los libros sapienciales: Pr 28,1, por ejemplo, dice: «Huye el impío aunque nadie le persiga, / pero el justo, como león joven, se siente seguro». El desarrollo de Sabiduría es mayor y alcanza en el v. 10 quizás un resumen importante: el hombre que no obra según la justicia se ve recriminado por su propia conciencia que no cesa de acusarle. La «conciencia», syneídesis, vocablo tomado de la filosofía griega, designa la conciencia moral, juicio de la persona que discierne entre el bien y el mal; el término, conceptualmente más desarrollado, pasará a la doctrina cristiana.
Frente a las densas tinieblas y miedos de los egipcios, el hagiógrafo evoca los favores concedidos a los hebreos (18,1-4), a los que alumbra una luz enviada por Dios. De ahí salta a entender la Ley como luz que llegaría a todos los hombres (cfr 18,4).
San Gregorio de Nisa propone una explicación de por qué las plagas de Egipto sólo afectaban a los egipcios y no a los israelitas que vivían con ellos: «Conozcamos, en primer lugar, el sentido general de estos prodigios; después quizás nos sea posible adaptar analógicamente este conocimiento a cada uno de ellos en particular. La enseñanza de la verdad es acogida según las disposiciones de quienes reciben la palabra. En efecto, la palabra muestra a todos lo que es bueno y lo que es malo. Ahora bien, el que es dócil hacia aquello que se le muestra tiene la mente en la luz, mientras que quien tiene la disposición contraria y no acepta que el alma mire hacia la luz de la verdad permanece en la oscuridad de la ignorancia. Si no es equivocada la interpretación que hemos dado al conjunto del pasaje, la interpretación dada a cada uno de los detalles no le será totalmente opuesta (…). Por tanto, no tiene nada de extraño que el hebreo permanezca indemne en medio de las plagas de los egipcios, aunque esté viviendo entre estos extranjeros, puesto que también ahora es posible ver que sucede lo mismo. En efecto, estando divididos los hombres en las grandes ciudades hacia doctrinas contrarias, para unos el agua del manantial de la fe es potable y límpida, y la consiguen mediante la enseñanza divina, mientras que el agua se torna en sangre corrompida para quienes se han convertido en egipcios a causa de sus perversas opiniones» (De vita Mosis, 2,65-66).