COMENTARIO
Dios es rico en misericordia (cfr 2 S 24,14; Ne 9,19; Sal 119,156; Is 54,7; etc.), y pronto a perdonar a quienes se arrepienten, pero su misericordia tiene un límite con los que se empecinan en el mal. Es el caso de los egipcios que, después de haber dejado partir a los israelitas, vuelven a sus malos designios y salen en su persecución, colmando así su propia desgracia (vv. 1-4). El castigo no les vino por un destino ciego (anagké), sino al contrario, por un «merecido destino» (axia anagké) (v. 4). El carácter milagroso de los acontecimientos se pone de relieve al decir que el castigo del empecinamiento en el mal de unos y el propósito de liberar a otros hicieron que Dios actuase en la naturaleza con un poder similar al que desplegó en la creación del mundo (v. 6). Se trata de una reconsideración del primer relato de la creación (Gn 1) en el que la tierra seca emerge del agua y comienza a verdear la vegetación (vv. 7-8). Late detrás la idea del éxodo como nueva creación.