COMENTARIO
A la vista de la historia de la salvación, de las misericordias de Dios con su pueblo, no cabe sino el agradecimiento y la confianza en Él. Ésta es la lección sucinta de todo el libro de la Sabiduría, que nos recuerda las palabras de Jesús a punto de desaparecer de la vista de los discípulos: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20b). Por eso, al evocar las acciones salvadoras de Dios con su pueblo, los catequistas cristianos no podían dejar de compararlas con la salvación definitiva en Cristo: «Los judíos pudieron contemplar milagros. Tú los verás también, y más grandes todavía, más fulgurantes que cuando los judíos salieron de Egipto. No viste al Faraón ahogado con sus ejércitos, pero has visto al demonio sumergido con los suyos. Los judíos traspasaron el mar; tú has traspasado la muerte. Ellos se liberaron de los egipcios; tú te has visto libre del maligno. Ellos escaparon de la esclavitud en un país extranjero; tú has huido de la esclavitud del pecado, mucho más penosa todavía» (S. Juan Crisóstomo, Catecheses ad illuminandos 3,24).