COMENTARIO

 Si Prólogo 

El Prólogo no pertenece al libro original de Ben Sirac, sino que fue escrito por su nieto para presentar la traducción griega que había realizado. Este prólogo proporciona datos que ayudan a situar el libro del Eclesiástico en su contexto histórico, cultural y literario. Los intérpretes han discutido acerca de la inspiración divina de esta pieza. El hecho de que se haya conservado en los manuscritos y ediciones del libro aboga por una solución afirmativa.

El traductor señala de modo explícito aunque conciso la principal originalidad de este libro, que consiste en haber sido compuesto para que los amantes del saber, además de adquirir la sabiduría, pueden progresar en una conducta conforme a la Ley (vv. 12-14). Sirácida quiere orientar a quienes buscan respuesta a las nobles exigencias de la razón y desean saber en qué medida tal búsqueda es compatible con la aceptación de las normas de comportamiento que el Señor ha manifestado a su pueblo. Su mensaje es que Ley de Dios y racionalidad no son instancias contrapuestas sino complementarias. Se trata de una cuestión relevante, pues, en las siempre nuevas y cambiantes circunstancias de la vida humana, «la vida moral —recuerda San Juan Pablo II— exige la creatividad y la ingeniosidad propias de la persona, origen y causa de sus actos deliberados. Por otro lado, la razón encuentra su verdad y su autoridad en la ley eterna, que no es otra cosa que la misma sabiduría divina» (Veritatis splendor, n. 40).

El autor del Prólogo se enorgullece de los libros sagrados de Israel que le han dado una «doctrina y sabiduría» tan encomiables (vv. 1-3). San Pablo, recogiendo esta idea, precisará más tarde que esa sabiduría no es un fin en sí misma, sino una pedagogía que conduce a Jesucristo salvador. Así se lo escribe a Timoteo: «Pero tú permanece firme en lo que has aprendido y creído, ya que sabes de quiénes lo aprendiste, y porque desde niño conoces la Sagrada Escritura, que puede darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argumentar, para corregir y para educar en la justicia, con el fin de que el hombre de Dios esté bien dispuesto, preparado para toda obra buena» (2 Tm 3,14-17).

Volver a Si Prólogo